domingo, 16 de diciembre de 2007

Amor y gramática

Quise amarte. Quise verte entera, completa, de pies a cabeza, desde tu niñez hasta tu futuro, desde tus errores hasta mis brazos y entenderte perfecta. Quise quererte tanto que no me importaran tus defectos, que no me dañaran tus espinas, que no tuviera que pensar jamás en que pudiera existir algo diferente a tú y yo. Quise que mis adjetivos te adularan, que mis preposiciones trazaran caminos hacia ti, que mis sustantivos te complementaran y que mis adverbios nos llevaran a tiempos y lugares pensados exclusivamente para nosotros. Quise que al pensarte, mis ideas te hicieran reverencia.

Pero nunca pude amarte y nunca quisiste que te amara, así que poco a poco mis palabras fueron escapando de ese universo mentiroso, de ese paraíso de adjetivos pomposos, para chocar contra una realidad dura pero refrescante. Y fue así, gracias a ti, que mi lírica se abrió camino entre una lista restringida de verbos hasta encontrar nuevas maneras de expresarse, hasta conseguir una familia de palabras que le hiciera justicia a los sentimientos. Para poder sobrevivir, mis pensamientos se vieron obligados a descubrir maneras de llegar a ti sin tener que hacer uso de los pronombres posesivos y mi corazón finalmente se revolcó entre nuevos tiempos verbales aprendidos, que anteriormente no podía ni imaginar que existieran: empecé a pensarte en pretérito, a sentirte en antecopretérito, a soñarte en antepospretérito.

Quise. Abrazare. Había soñado. Habría amado. Hubiese querido. Hubiere besado. Hubiésemos estado. Habríamos andado. Hubiéremos sentido. De repente, las posibilidades eran infinitas.

Cuando no pude atarte al pasado con mis sentimientos, lo hice con palabras. Si te pienso en presente te pienso lejos, si te pienso en futuro te pienso muerta. Pero mi pretérito, ese lugar recóndito donde conviven las sensaciones de todo lo vivido, se lo dedico todo a nuestro amor.

sábado, 22 de septiembre de 2007

lunes, 30 de julio de 2007

Once in a lifetime... and never again

En algún punto de mi adolescencia, con casi total seguridad entre el '99 y el 2000, mi familia realizaba viajes frecuentes a Miami por razones de negocio; viajes a los que mis hermanos y yo -ellos mucho mayores y, por tanto, mucho más disgustados- nos veíamos arrastrados sin derecho a pataleo. Nunca nos gustó Miami como lugar vacacional, y el escenario repetitivo era el de los hermanos anti-playa sentados en la sala del apartamento, refugiados bajo el aire acondicionado y pasando el rato con la tele, los libros y ocasionalmente la piscina mientras los padres volvían de alguna reunión.

Por las noches íbamos regularmente a alguna librería americana gigantesca y nos echábamos por separado en las alfombras a leer como si estuviéramos más bien en una biblioteca. Mis ratos los pasaba en los estantes de humor o de juegos de video, a veces en los de literatura adolescente coqueteando con las primeras páginas de libros que no estaba seguro si pondrían a prueba mi inglés hasta niveles en los que inevitablemente me vería derrotado. Lo cierto del caso es que pocas veces me llevaba un libro a la casa, consecuencia de lo cual era que la televisión se convertía en mi principal distracción.

Por alguna u otra razón -tal vez para sacarme de mi miseria, tal vez porque en ese momento se le ocurrió que podía ser buena idea- mi hermano mayor me sugirió que comprara un libro: Harry Potter and the Sorcerer's stone. El acto de comprar el libro no lo recuerdo con claridad, pero sí recuerdo varios días consecutivos en los que no pude separar mis ojos de sus páginas. Ese libro, desconocido para mí y todavía no muy conocido para el mundo entero, condensó en sus páginas un simboismo inmenso en cuanto a mi crecimiento se refiere: la conquista del primer libro relativamente largo en otro idioma y la iniciación a la lectura por placer. Encantado con lo que encontré tras esa carátula tapa dura -¡qué intimidantes que eran las carátulas tapa dura para mí!- busqué desesperado el segundo volumen de la saga y eventualmente el tercero: los únicos que habían sido publicados hasta el momento. Los siguientes cuatro libros de la saga los compré el día de su publicación -con la excepción, creo, del quinto libro- y me los devoré cada uno en pocos días; la saga la releí unas cuantas veces, incluyendo la relectura religiosa que venía acompañada con la salida de cada libro. Si cuando cerré el primer libro alguien me hubiera dicho que todo eso pasaría, no lo hubiera dudado ni un momento.

Pero hubo algo que hasta ahora no comprendí, algo que me llena de alegría: mi descubrimiento de Harry Potter se vio envuelto en una especie de autonomía que me hace sentir a esos siete libros más míos, me obliga a colocarlos más cerca de mi corazón. Y es que antes de enamorarme de las líneas de los libros, no fui objeto de ninguna expectativa creada en su entorno, no sentí una presión a amar u odiar el libro, no existía esa especie de castigo a la indiferencia que acompaña a las obras de alto peso cultural, según el que se espera que cada ser inteligente formule una opinión personal con respecto a la obra y se atenga a ella. Hoy, 30 de julio de 2007, nadie es capaz de leer Harry Potter y olvidar que lo leyó; el libro arrastra consigo un peso tal que obliga al nuevo lector a evaluar sus páginas con ojo crítico: ya sea con o sin predisposición, es virtualmente imposible que alguien tome un libro de Harry Potter sin tener al menos una vaga idea de qué es lo que encontrará dentro.

Es así que entiendo que la oportunidad que tuvimos yo y todos los que empezamos a leer a Rowling hace tanto tiempo es prácticamente irrepetible. Así como no es fácil leer El Señor de Los Anillos, Cien años de soledad, Rayuela o Dracula (sin ánimos de comparar ninguna de las obras entre ellas) sin etiquetarlos como "clásicos" y sin sentir que las obras pesan entre las manos mucho más que el el peso acumulado de las hojas de papel que las conforman, será muy poco probable que algún niño se tope con los libros de Harry Potter accidentalmente y experimente gracias a ellos la sensación de haber realizado un descubrimiento invaluable; y aunque lo haga, le bastará con mirar a los lados para entender que antes que él hubo muchos más. Por eso hoy yo sonrío cuando entiendo que al cerrar ese libro aquel verano pude haber olvidado a Harry y sorprenderme luego al ver el revoloteo que se armó a su alrededor, pero que en cambio le abrí mi corazón y por mí mismo, apenas entrando en la adolescencia, decidí que lo que estaba leyendo me gustaba. Quién sabe si alguna vez en la vida tendré otra oportunidad como esa.

lunes, 11 de junio de 2007

El sermón de la montaña

A continuación mi primera aproximación a la escritura para teatro. Disfruten.

Juan: ¿A dónde vamos hoy?
Pedro: A la montaña.
Judas I: ¿A la montaña? ¿Otra vez?
Pedro: Sí, a la montaña. Otra vez.
Judas I: ¿Será que no se cansa de ir a la montaña?
Juan: Dice que tiene algo importante que decirnos.
Judas I: “Todo lo que él dice es importante”...
Pedro: Todo lo que él dice es importante.

Entra Jesús.

Jesús: Muchachos, ¿listos?
Juan: Listos. ¿A dónde vamos?
Jesús: A la montaña.
Judas I: ¿A cuál montaña?

Todos menos Jesús lo miran con cara de “cállate”


Jesús: (dulcemente) A la única montaña. A LA montaña.
Judas I: Ah... ESA montaña…

Judas I y Juan se adelantan y salen.

Pedro: Yo sé que todo lo que tú dices es importante. Pero lo de hoy es más importante, ¿verdad?
Jesús: Mucho más importante.
Pedro: ¿Pero más importante tipo panes-y-peces o más importante tipo sólo-los-tal-y-tal-van-al-reino-de-los-cielos?
Jesús: (respira profundo, pone cara de “te voy a dar un lepe”, luego exhala, se sienta y dice) No sé, creo que lo que voy a decir no le va a gustar a unos cuantos.
Pedro: oh oh. (Se sienta con él)
Jesús: Es que… es que… no están preparados.
Pedro: ¿Adulterio?
Jesús: Ajá.
Pedro: Tú sabes que esa es de las cosas que te hacen menos popular.
Jesús: Yo sé... pero es que está mal. El adulterio está mal.
Pedro: ¿Hasta para los hombres?
Jesús: Sí, Pedro...
Pedro: ¿Hasta con una mujer que nadie quiere y sin que tu esposa se entere?
Jesús: Pedro, con que mires a otra mujer es suficiente.
Pedro: ¡¿Sí?!
Jesús: Sí…
Pedro: Bicho.
Jesús: Yo sé. Mira, si miras a otra mujer es preferible que te arranques el ojo y lo botes por ahí, a que todo tu cuerpo vaya al infierno.
Pedro: Eso no lo digas.
Jesús: Lo tengo que decir.
Pedro: Bicho...
Jesús: Y creo que hoy voy a decir lo de las bienaventuranzas también.
Pedro: Uy, esas son bien finas. (Con voz de ser omnipotente) “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”. Esa es mi preferida.
Jesús: Esa es fina.
Pedro: Esa es la preferida de todos.
Jesús: ¿Sí?
Pedro: Sí, se siente bien decirla en alto.
Jesús: No lo había pensado...
Pedro: ¿Cuál es tu preferida?
Jesús: Todas son igual de importantes.
Pedro: ¿Pero cuál es así la que más te gusta de todas?
Jesús: Emmm... no sé, supongo que la de “Bienaventurados los misericordiosos...”.
Pedro: Ah, esa es fina. Todas son finas.

Entra Juan

Juan: Judas me desespera, me saca de mis casillas.
Pedro: ¿Qué se hizo?
Juan: Fue a buscar las cosas para subir a la montaña, yo qué sé. ¿Y de qué hablan?
Pedro: Bienaventuranzas.
Juan: ¡Uuuuu! ¿Las va a decir hoy?
Pedro: Ajá.
Juan: (Con voz de ser omnipotente) “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”.
Pedro: ¿Ves?
Jesús: Veo.
Juan: ¿Qué?
Pedro: Nada.
Jesús: Yo me voy a preparar. En media hora subimos.

Se va Jesús y entra Mateo, el que escribió el evangelio del sermón de la montaña.

Mateo: Hola.
Pedro: Epa.
Juan: ¿Qué más?
Mateo: Fino, un poco nervioso.
Juan: ¿Por?
Mateo: Hoy me toca a mí tomar nota.
Juan: ¿Y entonces?
Mateo: Bueno, que lo que va a decir es un poco desquiciado.
Pedro: ¿Cómo sabes, qué te dijo?
Mateo: Me dio una copia del discurso. Yo creo que se volvió loco.
Juan: ¿Por qué, qué dice? A mí nunca me cuenta lo que va a decir...
Mateo: No, me dijo que no les dijera, pero créanme que se volvió loco. Aunque bueno, casi todo lo que va a decir es importante.
Pedro: Todo lo que él dice es importante.

Silencio. Todos miran a Pedro.

Pedro: ¿Qué?
Mateo: Nada. Juan, puedo adelantarte algo que no creo que le moleste. Hoy va a decir las bienaventuranzas.
Juan: (Emocionado) ¡Sí, sí! Ya me dijo.
Mateo y Juan: (a la vez y con voces de seres omnipotentes) “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”.
Pedro: Esa es la preferida de todos.
Mateo: Yo sé, ¡Y a mí me toca transcribirla!
Juan: (Sincerísimamente) Qué fino...
Mateo: Finísimo... ¿Y Judas?
Juan: No sé, yo lo dejé por allá, camino a la montaña.
Pedro: ¿Todos los demás están adentro?
Mateo: Ajá, ya estamos casi listos para subir, solo faltan Judas y Simón.
Pedro: Yo estoy acá.
Mateo: No, el otro Simón.
Pedro: Ah...
Juan: Judas estaba con Santiago.
Mateo: ¿Santiago grande o Santiago chiquito?
Juan: Santiago grande.
Mateo: Qué raro, él se la pasa con Santiago chiquito.
Juan: Nonono, yo digo Judas T.
Mateo: Aaaah... ya va, cuando yo te pregunté por Judas ¿tú me respondiste por JT o por Judas I?
Juan: ¿La primera o la segunda vez que me preguntaste?
Mateo: Te pregunté una sola vez, la otra vez me dijiste tú por voluntad propia.
Juan: ¿Sí?
Mateo: Sí.
Juan: ¿Seguro?
Mateo: Te lo juraría, pero el sermón de hoy dice unas cosas sobre jurar y me da un poco de miedo.
Juan: Bueno, yo andaba con Judas I.
Mateo: Ah, yo decía era JT.
Juan: JT estaba con Santiago.
Pedro: Grande.
Juan: Eso.
Mateo: Eso no es tan raro.
Juan: Y capaz Judas I fue a buscar a Santiago.
Pedro: Chiquito.
Juan: Eso.
Mateo: No creo, Santiago Chiquito estaba adentro bucando a Simón.
Pedro: Yo estoy acá.
Mateo: El otro Simón.
Pedro: Ah...

Entra Jesús.

Jesús: Simón.

Silencio.

Jesús: ¿Simón?
Pedro: ¿Yo?
Mateo: Claro que tú, ¿acaso ves al otro Simón?
Jesús: No peleen. ¿Han visto a Simón?
Pedro: Aquí estoy.
Jesús: No, el otro Simón.
Mateo: Creemos que puede estar con Santiago.
Pedro: Chiquito.
Mateo: Eso.
Jesús: No, Santiago estaba con Judas.
Juan: Oh, cielos... yo me rindo.

Juan se va.

Jesús: Mejor vayan a la base de la montaña a esperar a que todos lleguen. Nos vemos allá en diez minutos.

Se van Mateo y Pedro, queda Jesús solo.

Jesús: Papá.
Voz: Hijo.
Jesús: ¿Tengo que decir lo del adulterio?
Voz: Sí, Hijo.
Jesús: ¿Seguro?
Voz: Sí, es importante.
Jesús: ¿Por qué?
Voz: Porque así no te van a ver tan feo cuando digas lo de la otra mejilla.
Jesús: Tiene sentido...
Voz: Yo sé.
Jesús: ¿Osea que no es verdad?
Voz: Claro que es verdad. Hijo, ¿estás bien? No parecen cosas tuyas, tú sabes que...
Jesús: (lo interrumpe) Yo sé, yo sé “No dirás falso testimonio ni mentirás”, perdón.
Voz: Tranquilo.
Jesús: Bueno, al menos me toca decir las bienaventuranzas.
Voz: Esas son bien finas, ¿verdad?
Jesús: Finísimas (imitando a la voz) “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”.
Voz: Chao Hijo, suerte.
Jesús: Gracias.

sábado, 12 de mayo de 2007

Los zapatos verdes

Más allá de tus zapatos verdes, no recuerdo mucho más del día que te vi por primera vez. Entre tanta gente y tanto ruido, esos destellos lejanos de verde despertaron en mí impulsos inexplicables de darles cacería, pero me contuve. Y estaba saliendo del cine cuando los vi de nuevo, como un rayo en la oscuridad.

Los vi con cara de "creo que te recuerdo de algún lado" y me sorprendió que de tu boca salieran exactamente esas palabras. Paseamos un rato, subimos escaleras, compramos pequeñeces y apenas te perdí de vista, disfruté estrenando tu número enviando ese "¿viste? te dije que sí te iba a escribir"... no fue hasta llegar a la casa que me di cuenta de que no recordaba tu cara. La siguiente vez me bastó con buscar las estelas verdes entre las piernas de la multitud y con extenderte mi mano y regalarte mis oídos y mis palabras para entender que tu cara era cada vez menos importante. Cuando íbamos a lugares privados era más fácil, porque había menos posibilidad de confusión y cuando nos besamos lo hice con los ojos cerrados porque así es como se besan los amantes verdaderos.

Me dije que ya no hacía falta que viera tu cara, porque me había logrado enamorar de ti sin hacerlo. Podía verte a los ojos, susurrarte al oído, arreglarte el cabello y aún así jamás ver tu rostro... y aún así saber que eras hermosa. Supe que por fin entendiste lo que pasaba cuando un día al encontrar tus ojos me conseguí con mi misma mirada... era casi poético como podíamos tocarnos sin vernos, como podíamos sentirnos y amarnos y tenernos el uno al otro sin importarnos nada más que lo que en realidad éramos.

El mejor recuerdo que tengo de tus zapatos verdes fue cuando te los quité por primera vez. Deshice las trenzas a la vez que recorría en retroceso todos los recuerdos de rayos verdes en mi mente. Los vi subiendo al autobús, los vi bajando escaleras de espaldas, te oí preguntarme si no me recordabas y luego me oí a mí pensando lo mismo mientras reconocía ese destello verde en la oscuridad del cine. Pero luego tuve el verde en mis manos y lo dejé caer. La primera vez que dejaba caer los zapatos verdes. La primera vez que retrocedía en mis recuerdos. La primera vez que fuimos uno.

Para ese entonces ya ni siquiera se nos pasaba por la mente la idea de vernos a las caras.

Para mí siempre fuiste la mujer más hermosa del planeta. De todas las caras que vi, de todas las mujeres que me crucé en la vida, siempre supe que ninguna era tan bella como tú. Era casi poético como podíamos tocarnos sin vernos. Vi los zapatos entre el ruido. Los vi en el cine. Bajando del autobús. Subiendo las escaleras. Deshice tus trenzas y reviví el mejor recuerdo de tus zapatos verdes. Los tomé esa mañana de la cama, donde los habías dejado, y supe que ese sería el peor. Sabías que si no los dejabas para mí, no hubiera sido capaz de recordarte.

Pero también sabías que si los llevabas contigo, hubiera podido volver a encontrarte.

martes, 15 de agosto de 2006

Lost&Found for puzzle pieces.

Su vida estaba hecha de canciones. De pedazos de canciones. De notas de canciones. Pero no cualquier nota de cualquier canción. Su vida estaba hecha de notas sin tocar, de las notas que esperas pero nunca llegan, las notas que, según tu manera de ver la vida, le irían mejor a la canción. Estaba hecha de esas notas que el compositor no descubrió, que harían que la canción fuera una mejor canción, que suplantarían a otras notas discordantes para convertir una canción en una melodía armoniosa. Esas notas que, a final de cuentas, no existen. Notas sin tocar. Notas que no son tuyas ni mías, así como tampoco son de él. Incluso aunque su vida esté hecha de ellas.

Su vida estaba hecha de oraciones. De pedazos de oraciones. De palabras sin decir. Estaba hecha de disculpas sin ser ofrecidas, de gritos ahogados, de te quieros acobardados, de últimas palabras que nunca pudieron ser. Su vida estaba hecha de lo que tú nunca pudiste decir, pero él sí dijo. Decía a sus amigos lo que tú nunca te atreviste a decir a los tuyos. Su realidad eran tus secretos y los míos. Sus mentiras eran nuestras realidades, sus escritos nuestros pensamientos. Vivía de poner palabras a lo que tú preferiste dejar en silencio.

Su vida estaba hecha de otras vidas. De pedazos de otras vidas. De momentos sin vivir. Su vida era tan tuya como mía. Tan de todos como de nadie. Tan suya como se lo permitieran los demás. Actuaba conforme no actuara el resto. Sus caminos eran los que tú elegías no recorrer. Cada puerta que cerrabas en tu vida era una puerta que se abría en la suya. Su realidad estaba compuesta por pedazos de otras realidades. Su yo, su él, su ella, su todo eran piezas ajenas a su mundo, piezas de rompecabezas diferentes, piezas que no calzan. Pero él hacía que calzaran.

Él es lo que tú pudiste haber sido. Sus manos las robó a un manco, sus pies a un veterano de guerra. La cabeza la tomó de un jinete, la vista de un pianista, la audición de un compositor, la voz de un pueblo oprimido, un ojo de un capitán pirata, una oreja de un pintor. La vida la tomó de un niño enfermo, los recuerdos de una anciana con Alzheimer, las ganas de vivir de un recién casado viudo.

El corazón me lo quitó a mí.

viernes, 11 de agosto de 2006

El punto y coma.

Ayer terminé de leerme un libro que se llama Eats, Shoots and Leaves, escrito por Lynne Truss. En la portada, debajo del título, el libro se autodefine claramente: "The Zero Tolerance Approach to Punctuation". Por supuesto, un libro así invoca como mínimo un reflejo de estirar el brazo y tomarlo del anaquel a ver qué es lo que es.

Es un libro pequeño y corto que, lamentablemente, está en inglés. Está en inglés porque Lynn Truss es inglesa, ni modo. No sólo es Lynne Truss inglesa, es también una persona que escribe muy bien y que es capaz de canalizar en unas cuantas páginas toda la rabia que tiene contenida tras años y años de toparse - en la calle, en el periódico, donde sea - con apóstrofos mal colocados y comas ignorantemente colocadas u omitidas. Así que a través de su pequeño libro intenta alumbrar un poco ciertas dudas sobre gramática y puntuación... en inglés, eso sí.


Lynne Truss, corrigiendo el afiche de una superproducción
de Hollywod, "Two weeks' notice", a la que se le omitió
el apóstrofo en los posters promocionales.

Claro, que esto a mí me vino como anillo al dedo, ya que al fin pude comprender ciertos misterios eternos del inglés, además que me enteré de cosas interesantes y cambié mi manera de pensar hacia algunas otras. El libro, en su totalidad, está escrito con una frescura demasiado inusual para un libro que, al fin y al cabo, trata sobre puntuación. Está lleno de anécdotas interesantes y ejemplos sobre cómo aplican diversos escritores las reglas o consejos que contiene, de manera que uno no se aleja nunca de la sensación de que la puntuación viene dictada, al fin y al cabo, por una sola regla magnánima: la del estilo propio. Más que enseñar a usar cada signo de puntuación, te hace entender cómo funciona, para qué se usa, cómo se ha usado a través de la historia, qué efecto puede tener en la cabeza de un lector; de esta manera, el libro busca, y logra, que el lector mejore y corrija su propio estilo de puntuación.

"En memoria de los huelguistas trabajadores de imprenta bolcheviques de San Petesburgo que, en 1905, exigieron que se les pagara la misma tarifa por los signos de puntuación que por las letras, precipitando así directamente la primera Revolución Rusa."
Así inicia el libro, de manera que todavía no has leído la introducción cuando ya estás tranquilo sabiendo que lo que viene no puede estar nada mal. De ahí en adelante son varios capítulos, cada uno tratando el uso de uno o varios signos de puntuación. Uno de los capítulos en particular, el que trata sobre el punto y coma, cambió mi manera de pensar. El punto y coma y yo nunca hemos sido muy amigos, en parte porque él es un poco misterioso para mí, pero principalmente porque nunca le he tenido cariño. Después de leer este libro la cosa cambió. No es que ahora sea un amante del punto y coma, pero al menos ahora lo tomo en cuenta.

Los dejo con un pequeño pasaje del libro el cual tenía pensado traducir, pero que decidí dejar intacto para no alterar las intenciones originales de la autora. Espero que lo disfruten.

But colons and semicolons – well, they are in a different league, my dear! They give such lift! Assuming a sentence rises into the air with the initial capital letter and lands with a soft-ish bump at the full stop, the humble comma can keep the sentence aloft all right, like this, UP, for hours if necessary, UP, like this, UP, sort-of bouncing, and then falling down, and then UP it goes again, assuming you have enough additional things to say, although in the end you may run out of ideas and then you have to roll along the ground with no commas at all until some sort of surface resistance takes over and you run out of steam anyway and then eventually with the help of three dots ... you stop. But the thermals that benignly waft our sentences to new altitudes – that allow us to coast on air, and loop-the-loop, suspending the laws of gravity – well, they are the colons and semicolons.
PD: Tengo el libro también en formato .pdf por si a alguien le interesa. Está un poco desastroso, pero es legible (no es escaneado, es tipeado) .

lunes, 7 de agosto de 2006

Oferta de Trabajo.

Muchas veces me pregunto dónde me gustaría trabajar. En realidad es una pregunta a la que todavía no le he encontrado respuesta definitiva, ni tampoco parezco estar cerca de hacerlo. De todas maneras, a veces me topo con cosas como la que muestro a continuación y pienso que pertenezco en una compañía como esa. Claro que lo más importante es definir de qué sería la compañía, en qué trabajaría yo específicamente, pero con ofertas de trabajo propuestas de esa manera no hay pele.

Creo que me gustaría apuntar a un ambiente de trabajo en el que las personas que están a cargo sean capaces de publicar anuncios como estos.



martes, 1 de agosto de 2006

Crónicas Parisinas: de cementerios y tesoros.

En París, los cementerios son museos.

Es difícil no sentir un poco de morbo, no asquearse un poco con la sensación de turista americano cuando, en short y polo, bajo el sol y con un mapa del lugar en la mano te oyes diciendo "¿Tú ves a Cortázar? Yo no lo encuentro por ningún lado". Pero es el mismo morbo que sentiste en el cementerio de Père-Lachaise con Oscar Wilde, con Molière, Seurat, La Fontaine, Pisarro, Edith Piaf... la misma sensación de turista americano que sentirás cuando te tomes la foto con la tumba de Ampère. Pero en ese momento, cuando sonrías junto a la tumba de aquel físico, orgulloso de estar parado junto a los restos de un hombre cuyo apellido usas cada vez que hablas de intensidad de corriente eléctrica, ya vas a estar demasiado acostumbrado.



Mi primera experiencia en un cementerio parisino fue en el cementerio de Père-Lachaise. A pocos pasos de alguna estación de metro, cruzamos una de las puertas y nos topamos con un gran mapa, uno de esos afiches aparatosos de centro comercial, con una lista de nombres ordenados alfabéticamente e identificados con números, como para poder encontrarlos en el mapa, y hasta con una flechita de esas de "Usted está aquí". Los nombres de la lista, por supuesto, eran los de la gente famosa enterrada allí. Yo, sin recuerdos previos demasiado claros de algún otro cementerio, cualquier otro cementerio, sencillamente no encontraba manera de entender la inmensidad de este. Compramos un mapita plegable por dos o tres euros y asumimos que lo siguiente que se hacía era seleccionar las tumbas que querías ver de aquella lista de nombres, duplicada en el mapa plegable. Entonces chequeamos los nombres que queríamos ver, trazamos en bolígrafo la ruta óptima sobre el mapa y empezamos a caminar. El mapa parecía pensado con un grado de imprecisión impuesto adrede, medido por un experto de manera tal que, entre el dibujo y la arquitectura propia del lugar, cada tumba tuviera una manera particular de conseguirse. Y así, dejas que cada tumba te sorprenda a su manera, algunas están entre arbustos olvidadas y cubiertas de maleza, algunas las consigues siguiendo a los guías turísiticos, otras casi te saltan encima desde la orilla del camino y otras tantas te hacen buscar el nombre del sujeto en cuestión entre una lista de nombres familiares tallados en piedra; unas cuantas evocan recuerdos y casi todas están cubiertas de flores, fotos, poemas, monedas o besos marcados en la piedra. Poco a poco, el cerebro empieza a aislar el mundo exterior y ni siquiera recuerdas que fuera de estos muros transitan carros, autobuses, peatones, personas con vida... olvidas que estás en la civilización, solo entiendes que eres tú, junto a tu equipo y tu mapa en la búsqueda del tesoro. Luego de algunas horas caminando, con el mapa rayado a medias y las piernas empezando a quejarse, empiezas a medir todo en pasos, empiezas a pensar con lógica de cazador, de arqueólogo, de pirata codicioso. Y cada vez que encuentras una tumba, sientes una satisfacción que convierte a cualquier incomodidad corporal en algo puramente circunstancial. Horas después, ya finalizada la búsqueda, uno no está seguro de con qué propósito hizo todo eso, de qué tiene de especial tomar una foto a la tumba de Balzac, pero igual existe la satisfacción interna: los encontré a todos. Los visité a todos. Es como estar en sus casas. Debe ser, imagino yo, como visitar las mansiones de las estrellas en Hollywood: basta saber que allí dentro, detrás de esas murallas de roca, detrás de esa lápida marmórea descansa un cuerpo famoso para quedar satisfecho.

Las tumbas de La Fontaine y Molière.

Unos días después, te encuentras en la puerta del, mucho más modesto, cementerio de Montparnasse, porque la Torre Montparnasse estaba cerrada a esa hora y, sinceramente, esto de los cementerios no está nada mal. Otro mapa plegable, otro cementerio lleno de restos famosos, otra isla del tesoro. Visitas a Cortázar, a Beckett, a César Vallejo, a André Citroën - quien hace dos semanas ni siquiera estabas muy seguro de quién era- y le tomas fotos a sus tumbas, que ahora encuentras mucho más rápido porque, afrontémoslo, te estás haciendo un poco más experto en esto. Incluso te consigues a un conocido que hiciste allá en París... esto de los cementerios como que lo hace todo el mundo.

Y así, con la experiencia de los cementerios fija para siempre en tu cabeza, comprendes que lo único que estás haciendo es visitando restos de gente que, por alguna u otra razón, amó París lo suficiente como para querer que algún pedazo de ellos permaneciera para siempre en ella, en una pequeña casa especial. Sus piernas, cráneos, brazos y torsos descansan en paz bajo la tierra parisina. Entiendes que Cortázar amó París y te lo imaginas moribundo, pidiéndole a quien tuviera más cerca que por favor no lo alejaran nunca de esas calles, de esos puentes. A Beckett le habrá sucedido lo mismo, igual que a Ionesco, igual que a Baudelaire. Así, todos ellos escogieron descansar para siempre bajo esta tierra, con los ojos hacia ese cielo que, quién sabe por qué, significó tanto para ellos. Y tú... tú sencillamente te aprovechas de ese hecho, te aprovechas de que en París no hay suficientes cementerios como para enterrarlos a todos en uno distinto y los empiezas a visitar.

Eventualmente te empiezas a preguntar cómo se cotiza un metro cuadrado bajo tierra, cuánto le costaría a alguien como uno vivir o, mejor dicho, morir en una de esas urbanizaciones. Porque es que, y esto no te sorprende demasiado, hasta las calles del cementerio tienen nombre y número. Así que te empiezas a imaginar dónde querrías que descansaran tus restos. Dejas que tu imaginación vuele y te imaginas a algún turista, cien años más tarde, leyendo esa lista de nombres y diciendo "¡Mira! Francisco Souki está enterrado acá, vamos a verlo". Pero en realidad tú no amas París lo suficiente, sencillamente estás embobado con ella. Razonas que eres demasiado joven como para decidir de una vez dónde querrías que durmieran tus restos, si es que no optarías por la cremación. No, todavía no es tiempo para pensar en eso. Además, ¿Qué haría un venezolano enterrado en París? ¿Por qué no serías enterrado en Caracas? ¿Qué ameritaría, realmente, que sacaran tus huesos de tu país?

Y de repente algo, en otro lado de tu cerebro, hace clic. Caes en cuenta. Te detienes en seco. Miras a tu alrededor. ¿Dónde estás? ¿Dónde está el computador más cercano?

Unos cuantos días después te encuentras en la misma puerta, frente al mismo mapa del cementerio de Montparnasse. Repasas la lista una, dos, cuatro veces. Nada. Le dices al guardia que estás buscando la tumba de alguien, y él te dice que vayas a la oficina donde están los registros. Te preguntan cuándo murió, "Janvier", y su nombre completo... "Jesús Rafael Soto". Y dos minutos después tienes un nuevo mapa plegable en la mano, con una tumba agregada en bolígrafo y junto a ella un nombre que desde el principio debió haber estado en la lista.

La dirección completa de la nueva casa
de Jesús Rafael Soto.

Al principio no puedes creerlo. Entre estos muros, en algún lugar de esta isla, bajo alguno de estos tantos portales de piedra, descansa Jesús Soto. Te desplazas entre hileras y más hileras de lápidas y esculturas, hasta que logras restringir el área de búsqueda a una partición bastante pequeña del cementerio, probablemente a unas cien o doscientas tumbas. Es imposible concentrarse en los nombres de las lápidas mientras piensas en cómo será la tumba, a qué grupo pertenecerá... si tendrá esculturas, si alguien habrá dejado poemas, si estará enterrado junto a toda su familia. Incluso te preguntas si serás el primero que lo visita, más allá de sus familiares claro, que seguramente habrán estado aquí el día de su muerte y quién sabe cuántas veces después de eso. Así que te paseas una, dos, tres, ya no sabes cuántas veces entre las tumbas de tantos desconocidos, entre las casas de los nuevos vecinos de Soto, pero no lo ves por ninguna parte. Extiendes el campo de búsqueda, te detienes a leer cada nombre en cada tumba, ya no estás seguro ni de cuántas veces has leído cada nombre, has zigzagueado entre arreglos florales y sepulturas de piedra, pero la tumba de Jesús Soto se niega a revelarse. Y es entonces cuando un jardinero del lugar, con una regadera en la mano y una carretilla estacionada unos metros más atrás, se acerca a ti y te pregunta si te puede ayudar, te pregunta a quién estás buscando. Vencido, le sonríes y le entregas el mapa. El hombre mira la dirección escrita en el papel, el dibujo marcado en el mapa, y levanta la cabeza. Sus ojos se enchiquecen un poco y de repente se empieza a desplazar lentamente, sacando cuentas, haciendo cálculos. Y con la seguridad de un cartero buscando la morada de un destinatario, con la pericia con la que un chofer veterano atraviesa las calles de una ciudad que sus ojos vieron crecer, con la precisión con la que el hijo pródigo encuentra el camino a casa después de años de ausencia, se abre camino entre la multitud de lápidas y, en cuestión de segundos, te señala una tumba. Y tú no lo puedes creer.

La tumba de Soto, en el verano de 2005, era blanca. Blanca y nada más. No es difícil entender por qué le puedes pasar una y otra y otra vez por enfrente sin tomarla en cuenta. No tiene nombre ni año, y las flores que tenía probablemente hayan estado allí desde enero. Nadie sabe que está aquí, nadie lo visita pero, debajo de esta lápida blanca, yace el cuerpo de Jesús Rafael Soto. Tomando en cuenta que murió hace tan poco tiempo, probablemente sea cuestión de días que la tumba indique quién habita allí, que el inquilino coloque el nombre de la familia en el buzón. Pero mientras tanto nadie sabrá que aquí está Soto, a menos que se tome la molestia de averiguarlo. Esta vez la satisfacción de haber encontrado la tumba buscada era infinita. Era infinita porque el hecho de estar allí, frente a ese monumento blanco, implicaba todo un proceso que había empezado al dar el primer paso en aquel gigante cementerio de Père-Lachaise. Nunca hubiéramos llegado hasta acá sin comprar aquel mapa por tres euros, sin tomar aquella foto a Oscar Wilde.

Pero la travesía no estaba lista todavía. Salimos del cementerio y conseguimos la floristería más cercana que, por supuesto, no estaba nada lejos. Escogimos las flores menos feas de entre las menos caras, una macetita bien simple, y volvimos. Sobre la tumba, las flores se veían raras, como demasiado pequeñas para la gran masa blanca, como demasiado fuera de lugar en una tumba sin nombre. Le tomamos una foto a la tumba porque, al fin y al cabo, esa era una de las cosas que habíamos venido a hacer y la contemplamos un rato. Ya listos para irnos, tomamos un papel y escribimos en letras grandes "JESÚS SOTO", lo pisamos con la maceta e imaginamos lo mágico que sería para algún venezolano pasar por allí y mirar incrédulo el papel, las flores, la tumba blanca, el lugar donde yace un pedacito del cinetismo.

La tumba de Jesús Rafael Soto.

lunes, 17 de julio de 2006

Hola, me llamo Chipi y (aparentemente) soy un periquero.

El sábado pasado fue la fiesta de Boogie Nights en el Humboldt. El Hotel, no el Centro Comercial. Y como yo soy un chico muy farandulero, pues no podía dejar de ir. Así que mi cresta, sobreviviente hasta ayer del mini-remontaje de una obra de teatro llamada "Dios", y yo nos movilizamos hasta allá.

Cuando mi mamá me vio salir de la casa con la cresta, me dijo que por favor me afeitara eso, que me iban a tomar por drogadicto y me iban a meter burundanga en un trago, ya que iban a pensar que como tengo una cresta me meto cualquier cosa y así, aparentemente, iba a ser más fácil meterme burundanga. Cuando llegué al teleférico había bastante gente con crestas, algunos con crestas afeitadas como la mía, otros con crestas de esas que son sencillamente pelo más largo sobre pelo corto... pero crestas al fin. El hecho es que una vez arriba, en un momento en el que estaba completamente solo, recostado de una baranda, se me acerca un chamo, con una cresta no del todo parecida a la mía, me mira con cara amigable, me pone una mano en el brazo y me dice:

"Pana, ¿No conoces a nadie que venda perico por ahí?".

Ataque de risa interno, sonrisa externa.

"No pana, lo siento".

"Coño, está difícil ¿No?".

"Está difícil...".


Mi cresta original, hace unos cuantos años.

viernes, 5 de mayo de 2006

Ingenuos, ingenuos.

La política de manejo de este blog es bastante interesante. Y para los que no la conozcan les explico: primero se escriben un par de cosas, luego se deja de escribir por un tiempo, luego se promete que se va a empezar a escribir de nuevo y luego se deja de escribir por siempre. Bueno, por siempre hasta hoy, que es lo mismo. De esta manera, uno se asegura de que el maltrato al lector sea tal que si por casualidad de la vida había alguien leyéndote, ya no lo haga. Lo cual colabora con la idea de un blog sin lectores, que es un campo interesante aunque un poco solitario.

En realidad la culpa es de ustedes (y digo "ustedes" como si de verdad alguien leyera esto, además de yo mismo para ver cómo me quedó, por supuesto) por dejarme escribir cosas como "El hecho es que he vuelto a la vida por un período completamente indefinido de tiempo". ¿Acaso no veían venir que era una trampa? por Dios, con lectores así no provoca seguir escribiendo.

Pues en verdad que pido disculpas a quien sea que siga esto, por eso de que aunque vaya una sola persona al teatro igual tienes que darle tu mejor actuación, como si la sala estuviera llena. Así que perdón mamá, te quiero. Te prometo que voy a tratar de ser más cuidadoso con lo que escriba. Y claro, trataré de escribir un poco más.

Mientras tanto, les dejo una foto de un canguro.



"Hola, soy un canguro".

miércoles, 18 de enero de 2006

Hola, soy yo otra vez.

Pues sí, la historia de mi vida. La cosa empieza y ¡qué divertida es!... basta que pasen tres días para estar aburrido de nuevo y abandonar el proyecto en el abismo. La verdad verdadera, no les prometo que esta nueva etapa dure demasiado, aunque sí les aseguro que haré lo posible por no volver a hacer lo mismo. La nota general del blog seguirá siendo pues... nada en especial. Este blog si que es finísimo ¿Verdad?. El hecho es que he vuelto a la vida por un período completamente indefinido de tiempo y por ahora no planeo abandonarlos. Quiéranme y léanme, anden.


He vuelto a la vida.

lunes, 3 de octubre de 2005

Perdón JA.

Hola. Tiempo sin vernos, no?

Quiero utilizar este medio para pedir disculpas públcamente a JA. JA es pana. JA es finísimo. JA tiene mononucleosis. Él es JA:
Bueno, ese era JA cuando todavía tenía hígado y se podía dar el lujo de tomarse fotos así. El hecho es que JA me colocó una queja formal en la que dice que este blog es el equivalente a mi renuncia de Tacaguan Project, ya que él asume que como tengo esto ya más nunca voy a hacer más nada para Tacaguan Project. Perdón JA. En serio, esa no es mi intención. De todas maneras tú sabes como soy yo, lo más probable es que abandone esto y que más nunca escriba nada en ningún lado. Pero no le digas a ellos ¿ok?.

Bueno, solo quería aclarar que no he renunciado al TP. Y pedirle perdón a JA. Y ya. Chao.

jueves, 15 de septiembre de 2005

¿Nunca se sienten como que los están mirando?

No les voy a mentir... tengo miedo. Mucho miedo.

Para los que no lo sepan, acabo de llegar hace tan solo un par de semanas de un viaje a Europa. Estuve tres espléndidas semanas en París. Excelente. Fenomenal. Para llegar a París tuve que hacer escala en Madrid, ciudad que, por desgracia, no pude conocer pues estuve no más que un par de horas echado en el aeropuerto. Así que eso fue lo que hice: Caracas-Madrid-París-Madrid-Caracas.

Una vez aclarado eso, quiero enseñarles algo que acabo de encontrar en Internet, googleando estupideces.



Gracias a Dios que no fui ni a Fuentealbilla ni a San Petesburgo, porque de verdad que ahí si que no entendería nada.

miércoles, 14 de septiembre de 2005

Inauguración Oficial.


Hola, hola, hola. Y bienvenidos a mi primer blog serio.


Es necesario para mí empezar diciendo que nunca me ha gustado mucho la idea de los blogs. De verdad que no me imagino a la gente metiéndose en internet a leer lo que escriben los otros todos los días. Pero últimamente lo he estado pensando, y supongo que si las cosas que uno escribe son suficientemente buenas, o interesantes o qué se yo qué entonces la gente sí se meterá de vez en cuando a echar un ojo. Así pues, yo no pretendo estar contando mi vida por acá porque, sinceramente, me parece un poco creepy. Aparte, no me imagino quién querría leer cosas aburridas sobre mi vida. Así que por ahora eso es lo único que sé sobre este blog, que no es la historia de mi vida ni de la vida de alguien más.


Alguna vez en la vida JA (mi primo) y yo tuvimos algo que se parecía a un blog. Y eso era cuando los blogs todavía no existían y era toda una novedad contar lo que habías hecho en un día. Esto recibió el nombre de Tacaguan Project, y pueden conocer mucho más sobre él acá.


Mi hermano fue el que me hizo entender, cuando yo le dije que los blogs no tenían sentido, que Tacaguan Project era prácticamente un blog y en ese momento fue que empecé a considerar la idea de tener un blog. Pero tendría que ser un blog entretenido. Y ahora una amiga (bueno, en realidad es una desconocida pero no creo que se moleste si la llamamos amiga por un instante) fue la que me hizo terminar de dar el paso y abrir este blog.


Así que bueno, queda oficialmente inaugurado el blog. Enjoy.