envidia.
1. f. Tristeza o pesar del bien ajeno.
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Jugando con la frontera entre la ficción y la realidad
Más allá de tus zapatos verdes, no recuerdo mucho más del día que te vi por primera vez. Entre tanta gente y tanto ruido, esos destellos lejanos de verde despertaron en mí impulsos inexplicables de darles cacería, pero me contuve. Y estaba saliendo del cine cuando los vi de nuevo, como un rayo en la oscuridad.
Los vi con cara de "creo que te recuerdo de algún lado" y me sorprendió que de tu boca salieran exactamente esas palabras. Paseamos un rato, subimos escaleras, compramos pequeñeces y apenas te perdí de vista, disfruté estrenando tu número enviando ese "¿viste? te dije que sí te iba a escribir"... no fue hasta llegar a la casa que me di cuenta de que no recordaba tu cara. La siguiente vez me bastó con buscar las estelas verdes entre las piernas de la multitud y con extenderte mi mano y regalarte mis oídos y mis palabras para entender que tu cara era cada vez menos importante. Cuando íbamos a lugares privados era más fácil, porque había menos posibilidad de confusión y cuando nos besamos lo hice con los ojos cerrados porque así es como se besan los amantes verdaderos.
Me dije que ya no hacía falta que viera tu cara, porque me había logrado enamorar de ti sin hacerlo. Podía verte a los ojos, susurrarte al oído, arreglarte el cabello y aún así jamás ver tu rostro... y aún así saber que eras hermosa. Supe que por fin entendiste lo que pasaba cuando un día al encontrar tus ojos me conseguí con mi misma mirada... era casi poético como podíamos tocarnos sin vernos, como podíamos sentirnos y amarnos y tenernos el uno al otro sin importarnos nada más que lo que en realidad éramos.
El mejor recuerdo que tengo de tus zapatos verdes fue cuando te los quité por primera vez. Deshice las trenzas a la vez que recorría en retroceso todos los recuerdos de rayos verdes en mi mente. Los vi subiendo al autobús, los vi bajando escaleras de espaldas, te oí preguntarme si no me recordabas y luego me oí a mí pensando lo mismo mientras reconocía ese destello verde en la oscuridad del cine. Pero luego tuve el verde en mis manos y lo dejé caer. La primera vez que dejaba caer los zapatos verdes. La primera vez que retrocedía en mis recuerdos. La primera vez que fuimos uno.
Para ese entonces ya ni siquiera se nos pasaba por la mente la idea de vernos a las caras.
Para mí siempre fuiste la mujer más hermosa del planeta. De todas las caras que vi, de todas las mujeres que me crucé en la vida, siempre supe que ninguna era tan bella como tú. Era casi poético como podíamos tocarnos sin vernos. Vi los zapatos entre el ruido. Los vi en el cine. Bajando del autobús. Subiendo las escaleras. Deshice tus trenzas y reviví el mejor recuerdo de tus zapatos verdes. Los tomé esa mañana de la cama, donde los habías dejado, y supe que ese sería el peor. Sabías que si no los dejabas para mí, no hubiera sido capaz de recordarte.
Pero también sabías que si los llevabas contigo, hubiera podido volver a encontrarte.
"En memoria de los huelguistas trabajadores de imprenta bolcheviques de San Petesburgo que, en 1905, exigieron que se les pagara la misma tarifa por los signos de puntuación que por las letras, precipitando así directamente la primera Revolución Rusa."
But colons and semicolons – well, they are in a different league, my dear! They give such lift! Assuming a sentence rises into the air with the initial capital letter and lands with a soft-ish bump at the full stop, the humble comma can keep the sentence aloft all right, like this, UP, for hours if necessary, UP, like this, UP, sort-of bouncing, and then falling down, and then UP it goes again, assuming you have enough additional things to say, although in the end you may run out of ideas and then you have to roll along the ground with no commas at all until some sort of surface resistance takes over and you run out of steam anyway and then eventually with the help of three dots ... you stop. But the thermals that benignly waft our sentences to new altitudes – that allow us to coast on air, and loop-the-loop, suspending the laws of gravity – well, they are the colons and semicolons.
Es difícil no sentir un poco de morbo, no asquearse un poco con la sensación de turista americano cuando, en short y polo, bajo el sol y con un mapa del lugar en la mano te oyes diciendo "¿Tú ves a Cortázar? Yo no lo encuentro por ningún lado". Pero es el mismo morbo que sentiste en el cementerio de Père-Lachaise con Oscar Wilde, con Molière, Seurat, La Fontaine, Pisarro, Edith Piaf... la misma sensación de turista americano que sentirás cuando te tomes la foto con la tumba de Ampère. Pero en ese momento, cuando sonrías junto a la tumba de aquel físico, orgulloso de estar parado junto a los restos de un hombre cuyo apellido usas cada vez que hablas de intensidad de corriente eléctrica, ya vas a estar demasiado acostumbrado.
pensado con un grado de imprecisión impuesto adrede, medido por un experto de manera tal que, entre el dibujo y la arquitectura propia del lugar, cada tumba tuviera una manera particular de conseguirse. Y así, dejas que cada tumba te sorprenda a su manera, algunas están entre arbustos olvidadas y cubiertas de maleza, algunas las consigues siguiendo a los guías turísiticos, otras casi te saltan encima desde la orilla del camino y otras tantas te hacen buscar el nombre del sujeto en cuestión entre una lista de nombres familiares tallados en piedra; unas cuantas evocan recuerdos y casi todas están cubiertas de flores, fotos, poemas, monedas o besos marcados en la piedra. Poco a poco, el cerebro empieza a aislar el mundo exterior y ni siquiera recuerdas que fuera de estos muros transitan carros, autobuses, peatones, personas con vida... olvidas que estás en la civilización, solo entiendes que eres tú, junto a tu equipo y tu mapa en la búsqueda
del tesoro. Luego de algunas horas caminando, con el mapa rayado a medias y las piernas empezando a quejarse, empiezas a medir todo en pasos, empiezas a pensar con lógica de cazador, de arqueólogo, de pirata codicioso. Y cada vez que encuentras una tumba, sientes una satisfacción que convierte a cualquier incomodidad corporal en algo puramente circunstancial. Horas después, ya finalizada la búsqueda, uno no está seguro de con qué propósito hizo todo eso, de qué tiene de especial tomar una foto a la tumba de Balzac, pero igual existe la satisfacción interna: los encontré a todos. Los visité a todos. Es como estar en sus casas. Debe ser, imagino yo, como visitar las mansiones de las estrellas en Hollywood: basta saber que allí dentro, detrás de esas murallas de roca, detrás de esa lápida marmórea descansa un cuerpo famoso para quedar satisfecho.


Bueno, ese era JA cuando todavía tenía hígado y se podía dar el lujo de tomarse fotos así. El hecho es que JA me colocó una queja formal en la que dice que este blog es el equivalente a mi renuncia de Tacaguan Project, ya que él asume que como tengo esto ya más nunca voy a hacer más nada para Tacaguan Project. Perdón JA. En serio, esa no es mi intención. De todas maneras tú sabes como soy yo, lo más probable es que abandone esto y que más nunca escriba nada en ningún lado. Pero no le digas a ellos ¿ok?.
pero no el final. Sírvase usted de hacer clic en cualquiera de los enlaces de la barra de navegación derecha, de manera de continuar explorando este blog o alguna otra página que el autor (ese soy yo) haya estimado de valioso contenido. Si desea marcharse, gracias por venir.