martes, 2 de agosto de 2011

Rompecabezas

Natalia y yo calzábamos como un rompecabezas. Y no en un sentido metafórico sino más bien en uno puramente físico. Podíamos dormir abrazados con una comodidad pasmosa - nunca, ni antes ni después, he podido conseguir la manera de amoldar mi cuerpo a ningún otro con tanta facilidad. Nuestros brazos eran cilindros de plastilina, nuestros cuerpos masa y molde. Cuando éramos uno, no había manera humanamente posible de conseguir la línea divisoria. El sellado era hermético - la integración, total. Nuestras fisicalidades, juntas, emulaban a una estatua de Shiva: dibujaban una harmonía casi mística, retrataban una paz que trascendía lo físico y penetraba en lo surreal.

La primera vez que desperté con ella en brazos, necesité cuatro minutos enteros para hacer sentido de mi posición inverosímil antes de siquiera abrir los ojos. Mi cuerpo se sentía pesado, caliente; mi humanidad se sentía compleja. En el desconcierto del recién despertado comprendí vagamente que lo que mi mente asumía como mi cuerpo no era sino la suma de nuestras dos humanidades. Me costó discernir la separación no porque me encontrara desorientado, sino porque la ranura que nos separaba era irreconocible. Cuando por fin abrí los ojos me conseguí una sonrisa vaga recostada sobre mi pecho, unos ojos sellados que descansaban serenos e imaginaban algún mundo fantástico y lejano. Cuando pienso en Natalia, mi mente salta inmediatamente a esa imagen, esa sonrisa, esa confusión de cuerpos.

Natalia y yo. Calzado perfecto.
Empuje las dos piezas hasta escuchar que hagan clic.

Clic.

lunes, 30 de mayo de 2011

Manolo

Hace años relataba la historia de mi encuentro con la tumba del gran Soto y, para describir al jardinero que se hizo camino entre las lápidas hasta encontrar la piedra blanca del artista cinético, quise evocar la imagen de un chofer veterano descifrando el laberinto de una ciudad que vio crecer.
Esa ciudad era Caracas. Ese chofer era Manolo.
Manolo era un ancla. Un personaje de aquellos que ya son viejos cuando uno nace pero a la vez nunca envejecen. Vivo desde siempre y desde siempre así de viejo, sabía todo sobre Caracas porque fue taxista. Sabía todo sobre mi familia porque llevó a mi papá y a mis tíos al colegio. Vivía en una casita por La Candelaria porque su verdadera casa estaba en las Islas Canarias - pero Manolo no veía razón para volver a las Islas y no las visitaba desde que era un niño. Y Manolo siempre había sido viejo.
A la hora de cualquier viaje, era siempre Manolo el que nos llevaba al aeropuerto. Los cinco en la camioneta más Manolo al volante: la única manera de que mi papá cediera el timón era si estaba Manolo. En parte por cariño, en parte por respeto y en parte por costumbre. No puedo recordar a mi papá sentado en el asiento de copiloto sin recordar también a Manolo.
Para echadores de broma, Manolo. Con él siempre había que estar en guardia: ataques de cosquillas, maniobras automovilísticas relativamente cuestionables, acercamientos sigilosos - todos parte del arsenal de Manolo. Pero en nuestra cuenta personal quedamos empatados a uno. Con apenas cuatro años le aventé una caja de cigarros por la ventana del carro para que dejara de fumar. Cuando cumplí 18 me atormentó durante mi prueba de manejo hasta el punto en el que quedé inmóvil y aplazado.
Manolo trabajó unos años en el negocio de mis padres. Manejando - siempre manejando. Transportando mercancía, manteniendo los carros y ganándose la simpatía de quienquiera que se cruzara en su camino. En una localidad en la que mi papá era símbolo de autoridad era increíblemente refrescante oir el grito áspero de Manolo tratándolo como si fuera su hijo.
Manolo era Obi-Wan, Sabina y Clint Eastwood. Cuando, con setenta u ochenta (¿Quién sabe, cuando se trata de Manolo?) volvió a su Isla y preguntó por su madre, inmediatamente lo llamaron por su nombre. Regresó sin palabras, y por primera vez en sus ojos vi a Manuel, el niño. El círculo estaba completo.
Si alguien maneja la carroza que va al Cielo, ese alguien es Manolo.
Leven anclas.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Para Ada.

De unas teclas, de un adiós, de una carta de amor de la que no quise guardar nada. Nada se perdió, todo se esfumó. Solo quedó Ada.

Mi perfecta imperfección, mi noroeste, mi cama sin almohada.
Mi vaso medio vacío, mi autogol, mi tráfico de madrugada.
Mi péndulo, mi amor bisiesto, mi manzana envenenada.
Mi rima asonante, mi error no forzado, mi gripe mal curada.
Mi hiato, mi simetría impar, mi sonrisa forzada.
Mi cementerio de amor, mi preludio, mi encrucijada.
Alguna vez mi todo. Hoy mi nada.

miércoles, 2 de junio de 2010

Un día lluvioso

Deshauciado, lanzo mi mirada a través de la ventana y dejo que el asíncrono gota a gota haga de acompañamiento al cuadro lluvioso que mi soledad completa. En la distancia, un salpicar tan acuático como mecánico me recuerda que aún hay otros cuerpos que habitan en esta ciudad y, por asociación, mi mente salta automáticamente a ti.

Miro atrás y delante pero sigo sin poder encontrarte. Pero ya no me importa mi pasado igual que no me importa mi futuro: te necesito ahora, conmigo. Te necesito como podría necesitar a cualquiera, pero no quiero a nadie sino a ti.

El día derrama sus últimas lágrimas a oscuras y aún hay espacio en mi cama para uno más. Aún hay espacio en mi mano para otra mano. Aún hay espacio en mi sonrisa para tus labios.

Esperanza no es una palabra que me puedo dar el lujo de pronunciar, así que preparo una hora para mi derrota y procedo a marcar tu número.

Cuando el día llega a su fin, duermo usando las dos almohadas - mi cabeza recostada en alto, casi como esperando oir el salpicar de unas pisadas que, entre la lluvia, se aproximen a mi portal.

jueves, 11 de marzo de 2010

Elena y Pau

La última vez que estuvo allí, Pau tomó su mano mientras subían cada uno de los cuatrocientos sesenta y tres escalones que separan al resto de los mortales de la vista más espectacular de Florencia.

Habían despertado en su cama y, todavía envueltos entre las sábanas, Pau había descubierto que ella nunca había subido a la cúspide del Duomo. Tres meses y medio después de su llegada todavía no conocía el mar color rojo ladrillo que los tejados de Florencia colaboraban para crear. Insólito, inaudito - tenían que ir ahora mismo.

Le prohibió mirar por las ventanitas de la estructura para, según decía, maximizar el impacto de la visión final. Finalizado el ascenso, tapó sus ojos y la llevó al lugar exacto que había bautizado ya hace años como su punto de vigilancia favorito. Cuando le devolvió la vista, Elena comprendió. Esto era Florencia.

Volteó a mirar a Pau y descubrió su nombre tallado sobre el mármol de la estructura. Las tres letras casi se perdían entre el mar de firmas y testimonios que tantos visitantes habían plasmado allí, pero ella no tuvo problema en encontrarlas, como tampoco habría tenido problema en encontrarlo a él entre el mar de tejados rojos.

Hoy admira la fachada del Duomo mientras se pregunta dónde estará Pau. Casi cuatro años después de aquél día no recuerda instantes tan vívidos como los que firmaron juntos entre las calles de Florencia. La sensación de vacío en su estómago se acrecienta y las lágrimas silenciosas se asoman por sus ojos casi a razón de una por escalón. Ni siquiera considera asomarse a alguna de las ventanitas.

Una vez en la cima cierra los ojos: es la única manera en la que sabe volver al lugar exacto. Al abrir los ojos busca las letras - otras letras. No busca el nombre al que pertenece ese pedazo de su corazón sino un mensaje que recuerda claramente por la tristeza que invocó en ella hace cuatro años.

"Beautiful. I will come back with boy".

Vuelve su mirada hacia el horizonte e imagina a Pau tambaleando sonriente entre los caminos de Florencia. Derrama la última lágrima con su nombre mientras recorre con las yemas de sus dedos, ahora sí, las cicatrices que él dejó alguna vez en la columna marmórea. Las reconoce. Son las mismas que, hace cuatro años ya, se dibujaron en su corazón.

sábado, 20 de febrero de 2010

Los canales de Venecia

Tus codos descansan sobre tus rodillas y tus manos soportan un rostro que no muestra ningún rastro de esperanza. Me explicas cómo la vida parece haber perdido todo el sentido y cómo hace tiempo que todo tu cuerpo se encuentra en un hormigueo constante, en la frontera entre despierto y dormido.

Necesito despertar, me dices. Necesito volver a sentir que estoy viva.

No sé cómo llegamos hasta acá, pero sí sé que no te puedo dejar continuar con esto. No hace falta llegar al extremo para sentirse vivo, sólo hace falta abrir los ojos y observar el mundo. Entonces me tomas del brazo y me llevas al acantilado.

Un cielo naranja se levanta como una cortina que demarca el final de la masa azul que se revuelve cientos de metros bajo nuestros pies. Quieres saltar, quieres caer, quieres resbalar pero yo te tomo de la mano y te hago retroceder. Tú tiras con más fuerza y, en vez de empujarme hacia el abismo, me arrastras contigo a la orilla del mar.

Entramos corriendo, tomados de la mano, saltando las olas hasta que nuestras rodillas ya no logran asomarse sobre la superficie del mar. Manos entrelazadas, siento como tu cuerpo, totalmente sumergido, lucha por volver a la superficie. Cuando tu rostro emerge de la profundidad me miras a los ojos y me dices que tenga cuidado al sujetarte. Te zafas de mi abrazo.

Entonces todo cambia. El agua se calma, el cielo se aclara, la corriente se detiene y la inmensidad del mar muta en contenedores pedrestres. Estamos sumergidos en un canal, tu espalda contra un muro y tu cintura en mis brazos. Bajo el agua nuestros cuerpos no pueden temblar, no saben dudar. Te sujeto de nuevo con fuerza y recuesto mi frente de la tuya.

Tienes que confiar en mí, yo estoy aquí para cuidarte. ¿No confías en mí?

Cierras los ojos y asientes. Mis labios se encuentran con los tuyos y soy capaz de sentir cómo sonríes. Por fin, sonríes.

Aquí y ahora somos felices. No hacía falta saltar para despertar. Sólo hacía falta un corazón que te convenciera de que esta vida está llena de color.

viernes, 31 de julio de 2009

Marta y el vóley

Solamente una vez la vi llorar. Era el partido final del clasificatorio a los Nacionales y el equipo desperdició una ventaja de dos sets. Ella desperidició una ventaja de dos sets. Porque ella era el equipo. Y el equipo era ella.

Cuando saltaba para rematar una pelota colocada, cada alma en el polideportivo aguantaba el aliento. Dos piernas imposiblemente largas la impulsaban hacia las alturas y en el punto más alto de su vuelo se detenía como flotando. La pelota seguía ascendiendo hacia la cúspide de su arco pero ella se mantenía inmóvil, inmune a los caprichos de la gravedad. De la nada un espasmo sacudía su cuerpo y cada uno de sus músculos se concentraba en estrellar el balón en la cara de algún desafortunado oponente. No sé cuántos dedos oí quebrarse en bloqueos inútiles, cuántas veces reconocí auténtico terror en el rostro del receptor de tan perfecto mate. Luego volvía al suelo lista para continuar el punto: ella era la única que contemplaba la posibilidad de que su ejecución no fuera perfecta.

Ya cuando su vida empezaba a tomar un giro que la alejaría para siempre del voleibol, la pierna de Marta decidió ceder y acelerar el proceso. En el exacto momento en que se oyó el "crac" que dejó escapar su rodilla, pude descubrir en sus ojos el entendimiento de que su último mate ya había pasado. Ni ella ni yo consideramos nunca la posibilidad de su vuelta. Si nos preguntaran, ninguno sabría quién ganó los Nacionales de ese año.

Hoy Marta comparte mi cama, mi vida y mis horas. Siempre baja del autobús con la pierna izquierda y prefiere utilizar el ascensor cuando es posible. Sé reconocer en su cara cuando piensa en el vóley porque sus ojos recuperan ese aire desafiante. Y porque a veces en ellos se forman lágrimas. Lágrimas que sólo he visto correr libremente una vez: cuando el equipo, cuando ella, desperdició aquella ventaja de dos sets.

jueves, 14 de mayo de 2009

Balseros

Hasta ahora, el tanque metálico había mantenido su hermetismo. El niño observa como una fisura finalmente se manifiesta sobre el cuerpo de la balsa improvisada y decide colocar todo su peso sobre ella por intermedio de su pie. Los trozos de óxido fosilizados devuelven la presión y una sensación de vacío en la planta del pie le confirma que el artilugio funciona. La histeria ha afilado sus instintos. La oscuridad le ha hecho olvidar que es niño. Hace dos días que el temporal lo convirtió en hijo único.

El padre contempla el horizonte con ojos desesperados por aferrarse a algo que rompa la monotonía de la masa azul que los llena desde hace días. Pero sus anhelos vacilan, indecisos, sobre lo que busca su mirada: aunque la tierra firme signifique la vida, no puede suprimir el deseo de conseguir la silueta del pasajero perdido. Gira la cabeza hacia atrás para sonreírle al niño y lo descubre adulto, pero también hambriento y visiblemente afligido. Hace muchas horas que sobreviven aferrados al vínculo paterno que los une, y nada más. Vuelve la mirada al frente y se percata de que a lo lejos lo espera una cinta oscura que recuerda haber visto sólo en sueños. Sabe que no alucina: el momento para eso pasó ya hace mucho.

Boca abajo, brazos como remos, el padre exprime sus fuerzas hasta el límite. Sorprendido por la soledad de sus actos, le basta mirar al niño por segundos para comprender que algo anda mal. El niño señala su pie y el pequeño riachuelo granate que de él emana. Intercambian miradas de entendimiento y cada uno continúa con su trabajo indispensable: se niegan a entregar a un segundo tripulante a la profundidad.

Las miradas de padre y niño están repletas de una confianza burlesca que parece provocar al agua, explicándole que nunca dudaron que llegarían a la costa de Florida. Finalmente los pies del padre tocan tierra. Emerge de la costa con el niño en brazos, como empujado por la marea. A la distancia, el tanque metálico se sumerge para siempre.

lunes, 20 de abril de 2009

Dale, Rojo

Increíble lo del Caracas FC, que en su página principal tiene audio (¿Grabado del estadio? no sé, no creo...) de "Dale dale rojo". Sorpresa demasiado grata, sobre todo tomando en cuenta que estoy en Pittsburgh y extraño los juegos del Caracas casi tanto como las arepas.

Proyección astral al estadio coretsía de caracasfutbolclub.com. 20 puntos.

lunes, 9 de marzo de 2009

La vuelta

El punto exacto en el que recobró conciencia se pierde en un mar de pensamientos que vacilan entre sueño y razonamiento. Se descubrió arropado, casi sofocado, y apartó de golpe la manta que lo cubría; a la vez abrió los ojos. La avalancha de información que se le vino encima chocó con su recién despertar y lo dejó perplejo; los volvió a cerrar. Comenzó a construir una imagen en la oscuridad. No tenía camisa; su lugar de reposo se sentía rígido, casi rocoso; no lograba identificar una parte de su cuerpo que no crujiera de dolor. Dio una segunda oportunidad a la visión y pudo rellenar la escena: la habitación era casi una cueva, sus paredes eran oscuras y la humedad acumulada sugería que algo más de iluminación revelaría una cámara mohosa, mientras que la poca luz que entraba lo hacía por una apertura que servía de puerta; detrás, el verde de un campo completaba el cuadro.

Colocó los pies sobre el suelo y lo sintió frío: también estaba descalzo. Intentó incorporarse, pero los pies cedieron ante el dolor que implicaba soportar su peso. Sentado de nuevo sobre su lecho dio rienda suelta al dolor por un instante, se llenó de él. Las punzadas comenzaron por los pies, pero luego las identificó también en las manos, cubiertas de astillas; una respiración profunda añadió agonía en las costillas y la espalda. Le sonrió al dolor y ahora sí se puso en pie. Se dirigió al campo tras doblar cuidadosamente la manta y colocarla donde hace minutos reposaba su cuerpo.

El aire fresco disparó en él la necesidad de hilar recuerdos para explicar su situación actual. La cámara, la ropa, las manos, la espalda: piezas de un rompecabezas con una solución que se mostraba elusiva. Nada más pensar en qué día de la semana sería disparó un dolor de cabeza insoportable. Arrancó a caminar.

Sus pasos parecían aliviar gradualmente la agonía. Se percató de una sensación de calma que lo había llenado desde el momento en que despertó en la cueva y, como por instinto, se volvió hacia ella. Desde la distancia reconoció las siluetas de dos personas y salió a su encuentro. La reunión ocurrió frente a la cueva, como si el evento hubiera sido programado con anterioridad. Las siluetas pertenecían a dos chicas a las que conocía desde hacía un tiempo. A unos metros de la entrada unos hombres, aparentemente dormidos, descansaban sobre el piso; no los había notado al despertar.

La teoría del encuentro programado se desbarató al notar que los rostros de las mujeres delataban sorpresa, casi disgusto, por encontrarlo aquí. Se limitó a preguntar "¿Dónde están los muchachos?". Lo refirieron a la casa de uno de ellos y se retiraron con prisa. Luego de verlas confundirse con el horizonte, procedió a su nuevo destino.

Cada metro recorrido parecía traer consigo un trozo de recuerdo, un pedazo de vida. La aspereza de la calle bajo sus pies lo llevó de vuelta días atrás. El ruido de la multitud le multiplicó las fuerzas. Al llegar a la casa se detuvo frente a ella y estudió la puerta: el momento había llegado, el dolor ya no existía. Esta vez las caras de sorpresa estaban en todos los rincones, pero una a una fueron mutando en alegría: era realmente él. Cuando la incertidumbre se redujo a un sólo portador, lo llamó a su lado y le dijo: "Ven, Tomás. Pon tu mano en mi costado".

jueves, 24 de julio de 2008

El Dilema

Premisa: prohibido usar los verbos "ser", "estar" y "haber" y sus conjugaciones. Prohibido usar las palabras "que" y "porque". Narración en primera persona. Máximo 20 líneas en Times 12 (Word) y desenlace en máximo 4 líneas.

Tomé una Biblia en cada mano: de un lado, la copia fiel hospedada desde siempre junto a mi cama; del otro, su recién adquirido reemplazo. Contemplé el viejo ejemplar y me pregunté cómo disponer de él. Repasé sus heridas de guerra: esquinas gastadas, páginas rotas, lomo desprendido; no parecía viable regalarla. Tampoco guardarla, pues sólo tenía necesidad de una Biblia. Además, me daba vergüenza donar algo en ese estado. Consideré por útlimo echarla a la basura; al instante me sentí un poco menos cristiano.

¿Cómo disponía entonces la gente de sus viejas Biblias? Llamé a algunos amigos: muchos no tenían Biblia, pocos tenían la costumbre de revisarla – y la mantenían guardada en un estante – y ninguno me tomó en serio. “Guárdala donde quepa” parecía ser el consenso general entre ellos. Luego hablé con algunos Hermanos de mi viejo colegio: hombres de Iglesia con una visión religiosa extremadamente simple y clara. “Dónala, no importa cuán gastada se encuentre”, me dijeron. Si pudieran ver su verdadero estado no dirían eso, pensé.

Supuse entonces a miles de personas en mi situación e imaginé a las Biblias como objetos indestructibles. El miedo a la simbología implícita en el acto de destruirlas nos impediría para siempre deshacernos de ellas y un día nos encontraríamos ahogados en mares infinitos de Biblias, sin posibilidad de defendernos.

Llegué entonces a una decisión: puse la Biblia en una bolsa y la tiré por el ducto de basura. No lo hice para evitar ese futuro hipotético, ni para probarle nada a nadie. ¿La razón? El Único a quien me dolería ofender, pensé, seguramente no le daría importancia.

jueves, 17 de julio de 2008

El Boceto

El timbre del teléfono a las tres de la madrugada de ese martes no pudo haber significado nada más. Escuché cómo fue descolgado y devuelto a su base apenas quince segundos después, seguido del encendido de una luz y la apertura del guardarropa del cuarto de mis padres. Ya todos teníamos un traje oscuro listo para ser usado, aunque ninguno lo hubiera admitido. Había muerto mi abuelo.

Fue tres años después que me dispuse a registrar sus antiguas pertenencias en busca de algún tesoro olvidado, alguna camisa antigua a la que la moda cíclica hubiera devuelto vigencia o algún recuerdo que solo tuviera valor para mí. Pero, sobre todo, quise buscar el boceto.

Abrí la puerta de su estudio con ese cuidado reverente que caracteriza las acciones de quienes usurpan las viviendas de los fallecidos. Un escritorio majestuoso amenazaba con atacar a cualquier intruso y defendía a una silla de cuero que hace tiempo había perdido la esperanza de volver a soportar el peso de su dueño. Las paredes estaban cubiertas con retratos de mi abuelo junto a otros directivos del banco y algunas repisas mostraban, orgullosas, trofeos y fotos de los caballos más exitosos que tuvo; mi padre me hubiera podido contar la historia de cualquiera de ellos con exquisito detalle. Cerré la puerta detrás de mí y di tres pasos hacia adelante, hasta situarme en una aproximación del centro exacto de la alcoba. Recordé a mi abuelo sentado en la silla de cuero, registrando las gavetas y sacando del fondo de la gaveta más baja un billete de cinco mil bolívares: era una ceremonia que hacía casi todos los domingos para los primos, y que repitió siempre para mí, el único de nosotros que nunca se aburrió del tonto ritual. Sonreí; lo único que me separaba de ese momento era una capa de polvo.

Casi pidiendo perdón a los retratos, decidí perpetuar el leve sacrilegio y sentarme en la silla de cuero. El polvo que levantó mi peso ocasionó una tos contra la que no quise luchar, aceptándola como la menor de las consecuencias de mi intrusión en este espacio. Abrí las gavetas y las descubrí vacías; no me sorprendió: ya al entrar noté algunas irregularidades en la capa de polvo que delataban ciertas usurpaciones previas. El reloj de péndulo, el esquinero, la lámpara de escritorio – todos en casa de algún hijo o nieto. Dudé por un instante si en realidad conseguiría el boceto.

El dibujo en cuestión solía pasar desapercibido, pero bastaba admirarlo fijamente por más de diez segundos para comprender que tenía algo mágico. Los trazos de grafito parecían accidentales, pero a la vez revelaban la intimidad indefensa de una casa en un bosque. La fuerza del retrato era tal que uno casi podía sentir compasión por la triste cabaña, deseos de habitar en ella para hacerle compañía. Me gustaba perderme en el boceto por minutos e imaginar a unos hipotéticos hijos jugando en los linderos de los árboles vecinos. En una ocasión, mi abuelo me sacó del trance en el que me colocaba la cabaña diciendo "Casi más nadie sabe que es un original de Reverón"; fue lo último que me dijo con completo uso de razón. Un día, el boceto ya no estaba.

Para nadie fue fácil lidiar con la locura que atacó a mi abuelo. Era terrorífico ver a un hombre que siempre fue tan lúcido estar fuera de sí. Cuando por fin se dormía todos parecíamos pensar "¿Qué será lo que nos espera a nosotros?". Pero al principio, sobre todo al principio, los momentos de lucidez eran frecuentes. Luego de su muerte fui descubriendo poco a poco, en conversaciones familiares, que la mayoría de sus travesuras secretas me las confió solamente a mí, y casi todas en esos momentos de lucidez. Fue cuando hice ese descubrimiento que recobré la esperanza en el boceto.

Estiré el brazo y busqué a ciegas bajo la silla el relieve de una pequeña llave, como lo descubrí haciendo en una ocasión - creía yo que por error. Retiré la llave; la cerradura de la gaveta inferior parecía un poco dañada, pero no forzada: todos sabían que las cosas de verdadero valor las guardaba en la caja fuerte. Al fondo de la gaveta, bajo una pila de billetes de cinco mil bolívares, me invitaba tristemente el boceto laminado de una cabaña, un bosque, unos trazos casi accidentales.

lunes, 5 de mayo de 2008

Accidente

Escrito violentamente en un taller de narrativa.

Seguramente tenía puestos unos shorts azules y una franela de Educación Física, porque estaba en las gradas del campo de fútbol. Aunque quizás no porque, ahora que lo pienso, creo que todavía no había ni empezado el Kinder. El artefacto accidental en cuestión era un juguete de Cajita Feliz que, ahora sí, me atrevería a jurar que era color naranja. Color naranja con una hélice morada, no hay duda. Ingenioso juguete con ruedas que al acelerar contra una superficie dura hacía volar la hélice por los aires y en consecuencia cualquier niño con short azules y franela de Educación Física (o tal vez no) rodaría estrepitosamente por las gradas del campo de fútbol.

jueves, 13 de marzo de 2008

Conexión perdida

Para mí, es totalmente increíble. Pero no increíble de improbable, sino increíble de asombroso. De genial. De mágico, casi.

Tampoco tanto, pues, pero debo admitir que conecté en gran nivel con esta página web. Es una de las tantas secciones de Craig's List, que a su vez es una especie de página creada para el contacto universal e intercambio de recursos/necesidades, organizada por ciudad - principalmente en Estados Unidos. En general, si necesitas vender, alquilar o comprar algo (o alguien) o si estás buscando eventos, discusión, trabajo o acompañantes, craigslist es un buen lugar para empezar. De por sí es una página genial, ultraliviana por su simpleza y, hasta donde yo sé, automoderada.

Pero nada de eso es lo que me marcó. Lo que me marcó fue la sección de Missed Connections. La idea es genial y, obviamente, extremadamente sencilla. Digamos que entras a una librería o que vas al cine (*ahem*) y la chica que te atiende te llama bastante la atención. O digamos que ves al amor de tu vida en el metro. O que siempre te ha parecido espectacular la mujer que está en tu clase de Estadística. Incluso digamos que viste a alguien que te encantó en un local, pero nunca tuviste oportunidad de hablarle. Craigslist, ayudado por su popularidad, provee la página de las Missed Connections para que lances tus dados al viento y hagas un intento desesperado por establecer contacto.

"A eso de la media noche en la bilbioteca, tú estabas imprimiendo unas cosas y yo iba saliendo. Hicimos contacto visual. Yo tenía un sweater verde de capucha y tú una camisa roja."

Poesía contemporánea pura, V2.0.

Decenas de cabos sueltos por ciudad, que buscan ser atados desesperadamente. Y dentro de la incredulidad o el desprecio a una idea tan aparentemente jalada por los pelos, resaltan de vez en cuando tópicos con respuesta.

"¿Zapatos de qué color?".
"¿A qué hora del día?".
"¿De quién era el toque?".

Y a veces, magia pura. "Sí, era yo. La próxima vez que vayas al local te acercas y me hablas sin problema": demasiado especial para siquiera pensar en que sea un impostor.

Y el que nunca haya tenido una conexión perdida, que tire la primera piedra. O mejor, que no postee.

lunes, 28 de enero de 2008

El General


El General

Wikipedia dice que muchos lo consideran el padre del reggaetón.
Sus padres (los abuelos del reggaetón, asumo) son Catalina y Víctor.
Él se llama Edgardo.
Edgardo Franco.
Franco. El General.
En serio.

Wikipedia | El General

viernes, 11 de enero de 2008

Soneto para la mujer de ahora

Soneto para la mujer de ahora

En la forja de Eros, dice el destino,
se crean amantes con fecha y hora;
se creó para mí la mujer de ahora
por la que hoy brinda mi copa de vino.

Sé, sin saberlo, que ella es mi camino
mi sed, mi canción, mi noche, mi aurora,
mas cómo explica súbdito a Señora
que caben los dos en un camerino.

Duele su ausencia lo que dura el día,
duelen sus espinas de lejanía:
quisiera mi sangre brotar por ella.

Duele el dolor de saber que mañana
no dolerá su sonrisa lejana
y otro "ahora" borrará su huella.

lunes, 7 de enero de 2008

Claudia y el Ingeniero

Son las dos de la mañana y yo estoy acá, sentado en un sillón y con internet inalámbrico robado escribiéndote un e-mail. Pero el mío no es morado, porque yo soy una persona seria.

Esto de viajar como que le sienta bien a la cabeza; definitivamente uno ve las cosas más claras, como obligado a analizarlo todo desde la posición espectador. Además que viajar le desarrolla a uno las habilidades de vándalo del wireless, cosa que definitivamente no está nada mal y que - podría asegurarlo sin duda alguna - forma parte del proceso evolutivo del ser humano. De mono a hombre y luego a hombre que selecciona instintivamente de la lista de redes disponibles la que tenga mejor combinación de señal y no-encripción. Linksys3452, not secure, tres rayitas, matanga.

Procedamos. Así que acá desde mi posición ventajosa de claridad, que ya hemos discutido en el párrafo anterior y que por alguna razón que no comprendo seguimos discutiendo ahora, siento que puedo hablar del asunto que nos compete con mucha más calma y control. Ya que no existe duda de que todo el asunto en cuestión es culpa mía, de repente ayuda un poco para tu comprensión que te eche un pequeño cuento. El cuento es sobre cierto semi-ingeniero desesperante que llamaremos Chipi, sin temor a equivocarnos, y una individua bastante particular que llamaremos Claudia, sin temor a acertar. En algún punto Chipi decidió que Claudia era una tonta y que no había nada que hacer al respecto. Y la razón era bastante simple en realidad, porque siendo Claudia tan espectacularmente genial y siendo Chipi tan - y dame un ¡hurra! por el narcisismo - genial también, lo lógico hubiera sido que se juntaran amorosamente para conformar lo que por generaciones tras generaciones sería reconocido desde aquí hasta Pakistán como "el cénit de la genialidad, C.A.". Pero tú decidiste no hacerlo y yo, estupefacto, me miré a mí mismo y luego te miré a ti y sólo logré salir del trance tras balbucear un prácticamente inaudible "pues bien tonta que es...". Por el siguiente mes, aproximadamente, ese fue el mantra que me permitió seguir adelante con mis tareas regulares. Las probabilidades de que manejando, caminando, estudiando, comiendo o incluso durmiendo dejara escapar un repentino "¡tonta! ¡tontísima! ¡pero qué bruta!" eran considerablemente altas. Era un proceso de negación pasivo, bastante particular y seguramente parecido a algún síntoma de demencia.

Y estaba yo en ese estado de incredulidad y estupefacción cuando llegó la bestia, el aniquilador, el que no escucha de sentimientos: el ingeniero. Es de nuevo mi culpa por tener una doble personalidad tan desbalanceada y aterrorizante, pero la verdad es que no hay nada que hacer al respecto. El ingeniero vino armado con sus acostumbrados hierros y procedió a desgarrar sentimientos sin piedad hasta convertirlos en raíces cuadradas, números complejos y curvas asintóticas al eje x. Incluso quise buscar un símil simpatiquísimo para crear relación entre los viejos sentimientos y la métrica calculadora que quedó en su lugar, pero el ingeniero no trabaja con tal margen de error. Justiciero de la racionalidad, patrullero de la lógica. Y en mi cabeza, de repente, poco rastro de Claudia. Así que durante el siguiente mes nos hablamos incluso menos que el mes anterior. Nunca dejaste de gustarme, pero de repente no era capaz de conseguirte en mi cabeza. Lo primero en irse fue el olor de tu pelo y de ahí en adelante no hubo ya esperanza. El color de tus ojos, el sonido de tu risa, el calor de tus manos, la sincronía de nuestras mentes. Pero para acentuar la distancia siempre quedó ese último "no" de tu boca, cruel y resonante en mi cabeza día tras día; primero quitándome las fuerzas, pero ya a estas alturas haciendo de combustible para mejorarme cada día. Jamás te ganaste mi odio, pero en más de una ocasión te lo hubiera entregado sin pensarlo.

La tristeza cedió el camino a la seriedad imperturbable y no fue hasta casi montado en el avión que me di cuenta de que el ingeniero se había excedido en su labor de rescate de emergencia. Todo sucedió en un instante, pero la revelación se sintió en mí como si alguien hubiera notado casualmente que un elefante reposaba sobre mis hombros y lo hubiera desplazado de allí. El momento fue mágico: estando yo a un paso de desaparecer dentro de la pasarela que conectaba a la terminal con el avión, decidí voltear hacia atrás justo a tiempo para descubrir que del baño de mujeres salía disparado, sin pantalones, un niño de unos tres años; el niño, sin duda disfrutando de su recién conquistada libertad, hizo contacto visual con quien presumiblemente sería su padre, que lo esperaba cerca de la puerta del otro baño, y arrancó a correr en dirección opuesta con el rumbo fijo y certero hacia una máquina de Coca-cola. Cuando llegó a la máquina se detuvo en seco, se sentó y esperó a la llegada de los padres, cuyas caras consternadas hacían contraste perfecto con su cara de felicidad. No fue hasta que solté la carcajada que entendí que llevaba un mes sin reirme.

Así que llegué a este apartamento foráneo pero fresco y fue como entrar a un mundo nuevo. Busqué todas las maneras familiares de descargar mi risa y finalmente encendí la computadora. Sonriente, descubrí que tenía un e-mail nuevo, escrito en morado, en el que me deseabas feliz viaje. Entendí que te debía una explicación y un par de meses de risas y empecé a escribir este correo.

Ahora son las tres cuarenta de la madrugada. El internet inalámbrico se mantiene fiel a su nuevo dueño. Google dice que no existe tal cosa como "el cénit de la genialidad, C.A." y a mí no me gusta discutir con Google, así que acepto que es así.

Tendrían que inventar un buscador para lo que pudo haber sido.

jueves, 3 de enero de 2008

Lucía

Febrero, 2006.

Lucía.

Lucía...

Suspiro tu nombre y una lágrima viene a la vida. Una lágrima que cuenta nuestra historia, que nace en mis ojos, recorre mi cara y muere en mi boca. En mis ojos naciste, cuando te vi aquella tarde en esa ciudad que nos vio nacer en tantos sentidos, ¿Recuerdas esa tarde?... Seguro que sí. Recorriste conmigo un trayecto demasiado particular y lo hicimos nuestro. Nuestro trayecto. Nuestra historia. Nuestra vida. Y, como esa lágrima, moriste en mi boca. A veces pienso que fue el beso el que te mató, que moriste al sentir mis labios en los tuyos. Pero ahora comprendo que no te mató el beso, sino que sencillamente te negabas a morir sin besarme primero.

Lucía.

Otra lágrima. Otra vez naces, vives y mueres. Te amo, Lucía.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Amor y gramática

Quise amarte. Quise verte entera, completa, de pies a cabeza, desde tu niñez hasta tu futuro, desde tus errores hasta mis brazos y entenderte perfecta. Quise quererte tanto que no me importaran tus defectos, que no me dañaran tus espinas, que no tuviera que pensar jamás en que pudiera existir algo diferente a tú y yo. Quise que mis adjetivos te adularan, que mis preposiciones trazaran caminos hacia ti, que mis sustantivos te complementaran y que mis adverbios nos llevaran a tiempos y lugares pensados exclusivamente para nosotros. Quise que al pensarte, mis ideas te hicieran reverencia.

Pero nunca pude amarte y nunca quisiste que te amara, así que poco a poco mis palabras fueron escapando de ese universo mentiroso, de ese paraíso de adjetivos pomposos, para chocar contra una realidad dura pero refrescante. Y fue así, gracias a ti, que mi lírica se abrió camino entre una lista restringida de verbos hasta encontrar nuevas maneras de expresarse, hasta conseguir una familia de palabras que le hiciera justicia a los sentimientos. Para poder sobrevivir, mis pensamientos se vieron obligados a descubrir maneras de llegar a ti sin tener que hacer uso de los pronombres posesivos y mi corazón finalmente se revolcó entre nuevos tiempos verbales aprendidos, que anteriormente no podía ni imaginar que existieran: empecé a pensarte en pretérito, a sentirte en antecopretérito, a soñarte en antepospretérito.

Quise. Abrazare. Había soñado. Habría amado. Hubiese querido. Hubiere besado. Hubiésemos estado. Habríamos andado. Hubiéremos sentido. De repente, las posibilidades eran infinitas.

Cuando no pude atarte al pasado con mis sentimientos, lo hice con palabras. Si te pienso en presente te pienso lejos, si te pienso en futuro te pienso muerta. Pero mi pretérito, ese lugar recóndito donde conviven las sensaciones de todo lo vivido, se lo dedico todo a nuestro amor.

sábado, 22 de septiembre de 2007